www.murcia.es Escudo del Ayuntamiento de Murcia AYUNTAMIENTO DE MURCIA
Museo Hidráulico Los Molinos del Río Segura
 
CAMBIAR TAMAÑO DE LETRA Tamaño de texto pequeñoTamaño de texto medianoTamaño de texto grande Separador  WELCOME IN ENGLISH | MAPA WEB | CONTACTO  Separador  

EXPOSICIONES TEMPORALES

volver

MEXICAN LANDSCAPE OF HATE AND TOYS" DE JAVIER GUTIÉRREZ

21/11/2008 - 07/01/2009
Producciones Propias

¡Odio a la Humanidad!

Fábulas Modernas

Había una vez un mundo en el que existió la posibilidad de liberarse de los lastres de la antigüedad y todo era bello. Los pobladores de aquel lugar tenían acceso a tecnologías nuevas y los edificios semejaban árboles enormes. Todas las cosas parecían ser un producto natural, sin embargo eran un ardid artificial. En aquel mundo reinaba la razón y la trascendencia de lo bello para todos, era el mundo moderno. Aquel mundo prometía.

Luego de la revolución sin batallas que le dio paso al desarrollo de este mundo, vino la tremenda resaca que implicó superar tanta belleza, de modo que, aquel alma moderna, de espíritu femenino, volteó la cara hacia un proceder temperamental y viril en esencia. El mundo de alguna vez en algún lugar, cambió de tendencia rápidamente. Por desgracia la nueva práctica se limitó a enunciar el fracaso del mundo prometedor.

Construir el futuro del mundo o del Arte a partir de la descalificación, no pudo sino anunciar el regreso contundente del pensamiento desacreditado.

Hoy, el fantasma moderno de la vanidad, ha vuelto para jalarle los pies a los pos y dejar bien claro que no murió. En manos de algunos  artistas está el reestablecer ciertas tendencias estéticas, por ejemplo,  aquella que reivindica todo lo que tiene que ver con la preponderancia de la forma: siempre y cuando decore, venda y brille, aunque libre de significado.

En este aparente remolino, se ha llevado a cabo un matrimonio de ideologías, y la bruma ha cubierto los limites entre el mundo moderno y el posmoderno. Este ambiente enrarecido le da cabida a reflexiones interesantes a partir propuestas que han heredado la esencia del pasado prometedor; apostando por las formas y los contenidos, pero integrando nuevos elementos que le son más propios a la era del desencanto, la denuncia y la diversidad.

Con este antecedente, me gustaría abordar el trabajo de Javier Gutiérrez a partir de dos aspectos; por un lado ligando la impresión que regala a quien lo contempla, por otro, la visión de un artista diferente, un moderno. Así pues, desde el lenguaje propio del artista que me ocupa, dejando claro que no pretendo comparar sino yuxtaponer, para así crear o proponer un antecedente histórico necesario. El segundo acercamiento  partiría de la obra misma hacia afuera, lo que para mí proyecta hacia el futuro.

Hace muchos años, realicé mi primera visita de estudio sin ser totalmente consiente de ello, por lo menos no en el sentido que lo hago en el presente. Ésta fue al estudio del pintor impresionista mexicano  Joaquín Clausell (1866-1935), ubicado en el Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya (hoy Museo de la Ciudad de México) en el centro histórico de la misma. En un cuarto situado en la azotea de dicho edificio, Clausell departió con pintores y literatos (oficios que le eran propios) entre los que se contaban Diego Rivera, Gerardo Murillo, Carlos Pellicer o Salvador Novo, personajes claves de la cultura mexicana del siglo XX temprano. Aquel lugar, además de ser la sede de sus tertulias, le sirvió a Clausell como soporte de un mosaico increíble formado por pequeños retratos, paisajes y escenas míticas donde animales legendarios y fantásticos hallaban su hogar. Los muros del ahora llamado Clauselito, envuelven al visitante que no puede sino fijar su atención por varios minutos para descifrar cada imagen, en su conjunto y por separado. La visita representa una experiencia única para conocer el proceso creativo del pintor, preocupado por la naturaleza y sus fenómenos, así como vinculado fuertemente a la realidad de su época.

Contemplar el compuesto obsesivo de Clausell representa una experiencia rica en color, en panorama de su tiempo y de su proceso creativo. Es de las pocas ocasiones en las que se puede ser testigo en un mismo lugar y tiempo del desarrollo de la obra de un pintor en la más pura intimidad. El reflejo más actual de aquella quimera la tuve en otro taller, contaminado ya por la historia. Me topé con una visión de lo natural traducida por un ánimo mediatizado y frívolo, pero al mismo tiempo irónico.

La primera vez que visité la casa de Javier para conocer su trabajo, me encontré con una habitación completamente cubierta con sus pinturas. Montadas directamente al muro y sin espacio entre ellas, aquella estampa me resultó impresionante y familiar. Fue como encontrarme dentro  de la obra y no frente a ella. Una de las cosas que me llamó la atención de su trabajo es que me hizo partícipe de inmediato al dirigir la atención a una pieza en concreto. Me di cuenta de que aquellos brazos extendidos hacia el bosque representados en aquel pedazo de madera podían ser los míos. Estaba jugando un poco a formar parte de aquella escena, como cuando estas paseando por un parque y te haces tomar una fotografía, colocando tu cara en un ciclorama pintado por un artista local que vive de ofrecer instantáneas curiosas a los paseantes.

Vida.

Esta sensación envolvente me introdujo a una historia que delante de mí se contaba en partes, pero al unísono. Hicieron falta varios minutos para desenredar cada capítulo y darle a aquella serie de estampas, un orden imaginario.

Es decir que la obra de Javier Gutiérrez es un cuento desplegado: contemplar cada imagen es como atender a un fragmento congelado de una historia que transcurre en algún bosque nevado. El ambiente que crea es una parte importante de la obra y suele ser frío. Hay nieve y la fauna que le es propia, para muestra, un botón, o mejor dicho, un  extraviado pulpo. Éste habita en el bosque nevado de la imaginación de Javier, de su taxonomía personal, de su safari invernal.

Aunque me aproximo a la obra como si se tratara de un cuento, en ésta no existen princesas venidas a menos ni brujas, sino animales, de modo que, más que un cuento es una colección de fábulas coloridas, breves e inverosímiles.

La correspondencia literaria que establezco de ninguna manera cancela el carácter pictórico de la obra, sin embargo me facilita poner en palabras lo que en conjunto me significa la experiencia de contemplar estas pinturas. No pretendo tampoco la reducción del trabajo a una mera ilustración, detrás de la imagen hay mucho más que la “moraleja” por descifrar en cada pieza. Está también el retrato de una generación  con una nueva moral, adquirida a través de la televisión, habiendo aprendiendo cosas útiles sobre la vida, de animales parlantes y desobedientes.

La primera lección que identifiqué en la obra de Javier, debo decir que la conocía ya, Odio a la Humanidad (I Hate Humanity) me la recordó el enorme pulpo de las nieves que declara su desprecio por el mundo después de haber dado muerte a una muñeca de trapo. Éste reaparece fragmentado en varias piezas, como si buscara más víctimas de su desencanto; alguno que otro emblema de inocencia con el cual desquitar su enorme ira. La nieve cayendo, advierte que el rencor del pulpo tal vez se deba a una sencilla y corriente depresión navideña.

En el fondo de la mayoría  de las piezas: la nieve, el bosque de pinos, las cabañas y el cazador, aparecen como cortina de una maqueta, ya sea representada bidimensionalmente o construida como un escenario ideal para la obra que, mediante un juego curioso, es también expuesta en el interior un iglú rodeado de un bosque de pinos de papel y césped artificial (ensamble sin título).

Para mí, considerar la obra formal y conceptualmente vuelve inevitable la reflexión sobre el reino natural y el artificio. Es imposible entender la naturaleza desde el mundo mismo en el que nos hemos visto obligados a ordenar cada elemento,  a nombrarlo y entenderlo por separado para llevar a cabo un análisis profundo de cada cosa:  concebir la totalidad implica el conocimiento previo de lo mínimo. Es así como uno se puede aproximar a la obra de Javier, a partir de una discusión puesta en la mesa por la modernidad que nos ha vuelto a alcanzar.

LUIS OROZCO

México D.F., octubre 2008

I Hate Humanity!

Modern Fables

Once upon a time, there was a world where it was possible to be free from the burden of antiquity and everything was beautiful. The inhabitants of this place had access to new technologies and the buildings looked like huge trees – everything looked like natural products - but it was an artificial trick. It was a modern world, where the reason and the transcendence of beautiful elements prevailed. It was a very promising world.

After a revolution without battles which lead to the development of this world, there was a huge hangover after overcoming so much beauty, so that the modern soul and the feminine spirit turned into an essentially temperamental and virile behavior. In a specific moment and place the world suddenly changed its tendency. Unfortunately, the new practice was limited to explain the failure of the promising world.

As the future of the art world was built from defamatory remarks, it clearly announced the convincing return of discredited thoughts. Today, the modern ghost of vanity is back to overcome the “post” and to make clear that he is not dead. Some artists can reestablish some aesthetic tendencies, for example, the one which claims things related to the preponderance of shapes, provided that it decorates, can be sold and shines, although it has no meaning.

And the marriage of ideas has taken place in this apparent whirl and the mist has covered the limits between the modern and the postmodern world. This rarefied atmosphere has place for interesting reflections, starting from proposals which have inherited the essence of the promising past, betting on shapes and contents, but integrating new elements from the age of disenchantment, denunciation and diversity.

With this precedent, I would like to analyze Javier Gutiérrez’s work from two different aspects; on the one hand, from the impression that it causes to the spectator and, on the other, from a different and modern artist’s approach. Thus, I will speak from the language I use as an artist and make clear that I don’t want to compare, but juxtapose in order to create or propose a necessary historical precedent. The second approach starts from the work towards outside and for me this is a projection towards the future.

Many years ago I visited a studio for the first time, without being completely conscious about it, at least not in its complete sense. I visited the Mexican impressionist painter Joaquín Clausell’s studio (1866-1935), located in the Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya, nowadays Museum of Mexico DF, in the city centre. In a room located in the top-floor of the building, Clausell shared his time with painters and writers (two activities he knew very well) such as Diego Rivera, Gerardo Murillo, Carlos Pellicer or Salvador Novo, key figures of the Mexican culture of the beginning of the 20th century. Besides being a place to meet, Clausell used that studio as the basis for an incredible mosaic formed by small portraits, landscapes and mythical images, home of legendary and fantastic animals. The wall of the now-called Clauselito, surround the visitor, who cannot avoid spending some minutes deciphering each image, both individually and as a whole. The visit constitutes a unique experience to know the painter’s creative process, worried by nature and its phenomena and strongly linked to the reality of his time.

Contemplating Clausell’s obsessive compound represents a rich colorful experience, in the framework of his time and his creative process, and it constitutes one of the few occasions where we can witness in the same place and at the same time the development of the painter’s work in its purest intimacy. The current reflection of that illusion took place in a different studio, corrupted by history, where I found a vision of nature translated with an influenced and frivolous mood, but ironic at the same time.

In my first visit to Javier’s house to see his work, I found a room full of his paintings. They were directly hanged from the walls and there was no space between them. That image was impressive and familiar; it was like being inside the work, not in front of it. One of the things in his work that drew my attention was that as I looked at one of the paintings, I immediately became part of it. I realized that those arms stretched out towards the forest which were represented in that piece of wood could be mine. It was as being part of that scene, as when you go for walk in the park and take a picture, putting your head in a cyclorama painted by a local artist who earns his living offering curious pictures to the passers-by.

This surrounding feeling introduced me a story which was told to me in different parts, but at the same time. I needed several minutes to understand each chapter and to give an imaginary order to those images.

I can say that Javier Gutierrez’s work is an unfolded tale. When we see each image, we observe a frozen fragment of a story which takes place in a forest covered with snow. The atmosphere that he creates is an important part of the work and it is usually cold. There is snow and animals which seem familiar to him, and as an example we can take the case of an octopus. It lives in the forest covered by the snow of Javier’s imagination, personal taxonomy and winter safari.

Although I am explaining the work as if it was a tale, it does not contain princesses who have lost their position or witches, but animals so that instead of a fairy tale, it looks like a collection of colorful, brief and implausible fables.

The literary relationship that I establish does not cancel the pictorial character of the work; however, it helps me to express with words what this experience of contemplating those paintings means for me as a whole. I don’t want to simplify the work to a mere illustration, because behind the image there is much more than the “moral” of deciphering each element. There is also the portrait of a generation with a new moral, acquired thanks to television. They are people who have learned useful things about life from speaking and disobedient animals.

I already knew the first lesson that I identified in Javier’s work I Hate Humanity; I reminded it thanks to the big octopus in the snow who declares its disregard for the world after killing a rag doll. It appears divided into several segments, as if it was looking for more victims of its disenchantment; some emblem of innocence to soothe its rage. The falling snow warns that the octopus’ bitter feelings can be due to a simple Christmas depression. Basically most of the elements in the background, the snow, the pine tree forest, the cabins and the hunter, look as a model, either represented in two dimensions or built as an ideal scenario for the work, that, thanks to a curious game it is also shown inside an igloo surrounded by a forest of paper pine trees and artificial grass.

I think that when the work is formally and conceptually considered, the reflection about the natural kingdom and the absence of devices is inevitable. It is impossible to understand nature from the world where we were obliged to order every element, name it and understand it independently in order to carry out a deep analysis of each thing. Imagining the totality implies a previous knowledge of the minimum. This is how one can approach Javier’s work, starting from a discussion about modernity that has caught up with us again.

LUIS OROZCO

México D.F., octubre 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

subir


 
Agenda de actividades

L
M
X
J
V
S
D
30
31
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
01
02
03

Buscador de actividades

Privacidad | Accesibilidad

espacio molinosdelrío/caballerizas • Concejalía de Cultura • C/ Molinos 1 · 30002-Murcia-España · museo.molinosdelrio@ayto-murcia.es
Diseño y desarrollo: XL internet · Mantenimiento de contenidos: molinos del río

© Ayuntamiento de Murcia, 2001-2006. Glorieta de España. s/n - 30004 Murcia-España. Tel.: 968 35 86 00